100 Años de la Primera Gran Guerra

Primera Guerra Mundial – 100 años

VIVENCIAS Crónicas del frente

El relato de la guerra
EVA DÍAZ PÉREZ (*)
Los escritores que viajaron al frente y los periodistas como corresponsales destacados narraron el conflicto a los españoles en audaces y trepidantes crónicas a un país que pese a su neutralidad se dividió en dos bandos

¿Cómo se contó la guerra en un país que no la sufrió, al menos de manera directa? El periodista jerezano Domínguez Rodiño, corresponsal en el frente alemán por ‘La Vanguardia’, explicaba en una crónica publicada en febrero de 1915 qué significó ser español en medio de esa Europa en guerra: «En otros tiempos, no muy lejanos por cierto, con un español se metía todo el mundo. Hoy no se mete nadie con un español. Al contrario, se nos mira con respeto y hasta con admiración. (…) La idea de que, en medio de este desconcierto y locuras generales nosotros no hemos perdido la cabeza, nos hace aparecer como seres superiores».

Aunque se trata de un material muy disperso, con obras que no se han publicado desde hace décadas u olvidadas en las hemerotecas, los escritores y periodistas españoles dedicaron páginas memorables a estas batallas. Se implicaron emocionalmente pero el distanciamiento fruto de la neutralidad permitió que sus textos contuvieran oportunas reflexiones, lucidez y un fondo de análisis y pensamiento sobre lo que estaba significando este acontecimiento histórico.

Sumario
Vicente Blasco Ibáñez recorre las ruinas de Reims en su visita al frente
La mitad aproximadamente del género humano está en guerra en estos momentos directa o indirectamente. (…) ¿Cuándo se conoció esto en la historia?

Blasco Ibáñez
También las experiencias de guerra sirvieron de material novelesco como le ocurrió a Blasco Ibáñez y su éxito mundial ‘Los cuatro jinetes del Apocalipsis’, que sitúa en este conflicto. Lástima que buena parte de la obra que el escritor valenciano dedicó a la Gran Guerra haya permanecido olvidada.

El proyecto incluía más de 5.000 páginas y un repertorio gráfico con miles de dibujos, caricaturas, mapas, esquemas y fotografías. Algunas de esas páginas han sido rescatadas este año del centenario por La Esfera de los Libros en ‘Crónica de la guerra europea (1914-1918)’ con una cuidada selección de los textos fruto de las múltiples visitas que realizó al frente con autorización expresa del Gobierno francés.

Las páginas de Blasco Ibáñez no tienen desperdicio. Él no pretendía sólo contar la guerra como lo habría hecho un corresponsal, sino también desentrañar las causas y los porqués. El resultado es un completo trabajo en el que aporta jugosas reflexiones sobre este conflicto sin caer en la anécdota e intentando explicarse ante la historia: «Un día de esta guerra equivale, por sus pérdidas en hombres y dinero, a un mes o un año de las guerras famosas de otros tiempos». Y señala un hecho evidente y estremecedor de quien parece mirar por encima de su época: «La mitad aproximadamente del género humano está en guerra en estos momentos directa o indirectamente. (…) ¿Cuándo se conoció esto en la historia?».

En los comienzos de la guerra Blasco Ibáñez pensó, como muchos, que la guerra podía suponer una catarsis civilizadora, pero luego, al descubrir el fango y la crueldad de las batallas, cambió de opinión. Desde luego, su proyecto está caracterizado por la admiración a Francia y el desprecio a Alemania, considerada como la potencia que representaba la reacción.

Los intelectuales toman posiciones
Como Blasco Ibáñez muchos fueron los intelectuales españoles que se adscribieron al lado aliado como símbolo del progreso y la civilización. Y lo hicieron con un manifiesto en apoyo de los aliados que se publicó en ‘El Liberal’ el 5 de julio de 1915 y que firmaron figuras de primera línea como Américo Castro, Manuel B. Cossío, Gregorio Marañón, Menéndez Pidal, Ortega y Gasset, Fernando de los Ríos, Unamuno, Falla, Turina, Azaña, Azorín, Antonio Machado, Ramiro de Maeztu, Galdós, Pérez de Ayala o Valle-Inclán.

Sumario
Ejemplar de ‘El Liberal’ que recoge el manifiesto de los intelectuales españoles. Consulte el ejemplar
Sería una bajeza que en estos momentos de gravedad profunda, de intensos sentimientos religioso, cuando la raza humana sufre sin límites, engendrando una solidaridad más estrecha y más fraternal, que España, por pusilanimidad de sus políticos responsables, apareciese como un pueblo sin eco en las entrañas del mundo.

Manifiesto de los intelectuales españoles
Precisamente Valle-Inclán fue uno de los escritores que relató a los lectores españoles los horrores de la Gran Guerra de forma más estremecedora. Visitó el frente en abril de 1916, comisionado por Prensa Latina como cronista de guerra. Durante su recorrido, el escritor gallego apuntaba sus impresiones en un cuaderno de notas y no fue hasta su regreso a España, en su retiro de Cambados, cuando comienza a escribir lo visto y vivido. Las crónicas aparecen publicadas en ‘Los Lunes de El Imparcial’ bajo el título ‘La Media Noche’ y ‘En la luz del día. El resultado final queda reunido en el libro ‘Visión estelar de un momento de guerra: Verdún 1916’, que acaba de ser rescatado por Ediciones Evohé.

Los textos no son los de un testigo o un corresponsal que relata lo que ve. Es literatura. La guerra nutrió su expresionismo literario terminando de perfilar el estilo valleinclanesco, ya alejado definitivamente del modernismo. Sin duda fue el gran autor español en la Gran Guerra, quien describe más fielmente la atmósfera dantesca gracias a la altura de su literatura: «Las trincheras son zanjas barrosas y angostas. Amarillentas aguas de lluvia y avenidas las encharcan. Se resbala al andar. Los ratones corren vivaces por los taludes, las ratas aguaneras por el fondo cenagoso, y ráfagas de viento traen pestilencias de carroña».

Con sus evocaciones es posible escuchar la guerra: «Todos los caminos de la retaguardia sienten el peso de los carros de municiones, que, escoltados por veteranos, se bambolean con estridente son de hierros. (…) Ruedan hacia las trincheras lentamente, pesadamente. Cuando pasan cerca de alguna aldea, ladran los perros y alborean los gallos». Y pinta los paisajes de las ruinas: «La ciudad de Arras. Negras y destripadas humean las casas; la catedral es un montón de piedras; los sillares desbordan por las bocas de cuatro calles y las ciegan; rosetones y cruces, gárgolas y capiteles mutilados asoman entre los escombros».

Segundo Sumario
Portada de ‘El Imparcial’ Consulte el ejemplar
Las trincheras son zanjas barrosas y angostas. Amarillentas aguas de lluvia y avenidas las encharcan. Se resbala al andar. Los ratones corren vivaces por los taludes, las ratas aguaneras por el fondo cenagoso, y ráfagas de viento traen pestilencias de carroña

Otro gran escritor noventayochista, Azorín no se implicó tanto ni personal ni estilísticamente en sus textos sobre la guerra. Azorín residió en París y desde allí enviaba sus artículos. Hace unos años la editorial Alfama los rescató con el título ‘París bombardeado’ pero descubren sólo el eco lejano de la guerra. Azorín se limita a pasear y divagar por París y luego escribe en el refugio de su hotel parisino. Es inevitable analizarlos como crónicas un tanto insulsas frente a las que escribieron otros autores que también vivieron en aquel París sonámbulo sumergido en una noche siniestra.

También recorrió los campos de batalla Ramón Pérez de Ayala, que fue invitado por el Gobierno italiano para que contara lo que sucedía en un territorio menos conocido, ya que el país no entró hasta 1915. Unamuno, Américo Castro, Santiago Rusiñol y Manuel Azaña visitaron la zona en 1917 y quedaron impresionados por el espectáculo de la guerra en Los Alpes y en las llamadas batallas del río Isonzo entre tropas italianas y austrohúngaras. Pero volviendo a Pérez de Ayala, el resultado de aquella experiencia italiana fue el libro ‘Hermann encadenado’, donde reúne las crónicas enviadas con inmediatez por cable al periódico ‘La Prensa’ de Buenos Aires desde los frentes de Isonzo, Carnia y Trentino.

Sumario
Si hay algún país que pueda sustituir los mitos de la religión, de la democracia, de la farsa de la caridad cristiana por la ciencia, el orden y por la técnica, es Alemania

Pío Baroja
Pío Baroja también forma parte de esta galería de ilustres, aunque su aportación no fue como testigo sino como pensador al publicar numerosos artículos de reflexión sobre un acontecimiento que transformó el mundo conocido. Baroja se declaró germanista pero antimilitarista. No defendía la fuerza militar y expansiva que pretendía la poderosa Alemania sino lo que el nuevo imperio tenía de escenario del progreso científico. En el artículo ‘Alrededor de la guerra’ apuntaba: «Si hay algún país que pueda sustituir los mitos de la religión, de la democracia, de la farsa de la caridad cristiana por la ciencia, el orden y por la técnica, es Alemania».

Otro intelectual español declaradamente germanófilo fue José María Salaverría, corresponsal en París por ‘ABC’ que fue ‘invitado’ a marcharse por su declarada germanofilia. Salaverría quedó fascinado por las máquinas de guerra que caracterizarían este conflicto como demuestra en uno de sus artículos con un tono semejante al de los futuristas: «¿No es frecuente decir que esta guerra es fea? Digamos que es cruel y espantosa; ¡pero fea!… El oficial que ha lanzado su aeroplano, entre las llamas del combate aéreo, el piloto que ha asestado su proyectil desde el submarino contra el cíclope de acero, esos hombres de audacia, de imaginación y de locura han vivido, seguramente, minutos mucho más grandiosos que todos los que cuentan los libros».

Un periodismo por encima del tiempo
Sin embargo, más que los escritores fueron los periodistas los más leídos en una España que devoraba los periódicos a la espera de noticias sobre su ‘bando’ preferido. Los periodistas aportaron relatos trepidantes sobre un conflicto sin precedentes. Un caso de periodismo ejemplar fue el de Agustín Calvet ‘Gaziel’ del que ahora se están recuperando varias de sus obras de este periodo.

Le sorprende la guerra en París mientras se forma como intelectual con el obligado viaje a Francia y allí comienza a escribir crónicas para ‘La Vanguardia’, convirtiéndose de forma inesperada en periodista. Los textos de Gaziel son un documento prodigioso que desvela el espíritu del gran periodismo, el que comienza a hacerse con la materia de la realidad, reflexivo, ajeno a la superficialidad y revelador de las claves de la época, un periodismo por encima del tiempo. Como demuestra con las primeras impresiones que asaltan al cronista cuando se declara la guerra en París. Es una instantánea del momento en el que el mundo cambió para siempre: «Sin sospechar todavía de qué se trataba en realidad, pero sorprendidos ya, en el fondo, por una angustia misteriosa: un vago presentimiento de la tempestad apocalíptica que todavía dura». O con potentes imágenes metafóricas como la que contempla el sábado 1 de agosto de 1914 cuando comienza la movilización. «Todo el mundo parece moverse con una fiebre obsesiva, como hacen las hormigas en los hormigueros súbitamente desbaratados».

De Gaziel sorprenden y estremecen sus crónicas desde el campo de batalla, por ejemplo su relato de la batalla de Verdún, su visita a los hospitales del frente, sus recorridos por los pueblos destruidos, el relato del infierno en las trincheras. Y en todas las crónicas se adivina la necesidad de trascender la anécdota para alcanzar la idea universal convirtiendo su relato en un texto que sirve para explicar en realidad todas las guerras.

Ironía ante el horror
Y mientras Gaziel escribía para ‘La Vanguardia’ sobre el frente occidental desde el lado francés, otro español narraba lo que ocurría más allá de la tierra de nadie, en el otro lado de las trincheras, en el bando alemán: el jerezano Enrique Domínguez Rodiño. Rodiño era en realidad un hombre de negocios y asesor comercial en Bremen, pero a causa del bloqueo de la guerra se convirtió en periodista circunstancial. No se limitó a contar lo que ocurría en Alemania sino que viajó por toda Europa. Demuestra en sus crónicas su clarividencia para analizar su presente, para ver lo que ocurre bajo de la superficie de las cosas; una escritura moderna, ágil y amena y que caracterizaría a la nueva generación de periodistas ajena ya a la prosa decimonónica; su habilidad para incorporar el humor y la ironía incluso en situaciones dramáticas o las oportunas reflexiones que añade en sus crónicas y además su gran conocimiento sobre la política europea.

Las primeras crónicas las envió Rodiño de forma clandestina, casi de contrabando, a causa del bloqueo y la sospecha que cae sobre todo lo extranjero. Los textos llegan a España cosidos en la ropa de un compañero que volvía de Alemania. Luego aparecerán en ‘La Vanguardia’ y en 1917 reunidas en ‘Las primeras llamas. Diario de un testigo-cronista de la guerra’ y que, como tantos libros sobre aquel conflicto, no ha sido reeditado desde entonces.

En marzo de 1915 recorre los campos de batalla del frente del Este, por la Polonia rusa, y allí asiste a los paisajes dantescos de la guerra con banquetes de cuervos «devorando las entrañas de los caídos» y espeluznantes descripciones de aldeas y pueblos en ruinas, con casas inquietantemente abandonadas. En septiembre de ese mismo año llega a las puertas de Varsovia y su pulso narrativo adquiere un tono estremecedor. Así suena la guerra moderna: «El centellear de los cañonazos se hace cada vez más rápido y violento. (…) Los cañones rugen. Parece como si un gigante que hubiese enloquecido de repente golpeara frenéticamente en un yunque monstruoso».

Sumario
No tenían piernas ni brazos, y algunos estaban además ciegos y mudos. ¿Eran hombres siquiera? ¿Eran aún seres humanos como los otros?

Carmen de Burgos, ‘Colombine’
Otro caso llamativo y muy brillante es el de la escritora y periodista almeriense Carmen de Burgos, conocida como ‘Colombine’, primera mujer que tuvo columna propia en un periódico, el ‘Diario Universal’, y la primera que informa sobre un conflicto como ocurrió con la guerra de Marruecos en 1909. La guerra le sorprende en un viaje por Europa en el que incluía en un itinerario por Rusia, Alemania, Dinamarca y los países escandinavos donde tenía previsto ver el sol de medianoche. En Sassnitz, al nordeste de Alemania, un hombre la acusa de ser una espía rusa y la gente amenaza con lincharla igual que le ocurriría días más tarde en Hamburgo. Las columnas que envía a ‘El Heraldo’ tienen un marcado tono antibelicista, aunque se confiesa aliadófila.

Carmen de Burgos, más que la crónica de la batalla, la estrategia militar o el frío porcentaje de la guerra, se detiene en los detalles emocionales que explican mucho más sobre la gran tragedia. En el artículo ‘Las violetas de Verdún’ cuenta cómo es la primavera en uno de los frentes de batalla más atroces, auténtica carnicería que simboliza la Gran Guerra. En las trincheras de Verdún, los soldados meten violetas en los sobres de sus cartas, violetas «cogidas en primera línea de fuego». En un segundo viaje, que realiza entre diciembre de 1916 y 1917 junto a su compañero de entonces, Ramón Gómez de la Serna, reside en un París oscuro, acechado por la guerra: «Esta larga noche tenebrosa en que se envuelve la ciudad con las luces apagadas, muda y silenciosa, desde las siete de la tarde».

No fue sólo en los periódicos donde narró este terrible conflicto. Algunas de sus novelas están ambientadas en los escenarios de la guerra europea. En ‘El desconocido’ describe la llegada a la Gare de Lyon de los heridos con una escena que se convertiría en icono de esta guerra: la de los hombres mutilados como nunca antes se había visto. En el capítulo titulado ‘Los hombres tronco’ afirma: «No tenían piernas ni brazos, y algunos estaban además ciegos y mudos. ¿Eran hombres siquiera? ¿Eran aún seres humanos como los otros? Se sabía que pensaban por los signos de dolor, sin que pudieran manifestar su pensamiento. Debían estar aniquilados, embrutecidos. ¿No sería más piadoso matarlos?».

Colombine dedicó una estremecedora columna a su visita a un hospital de ciegos, una experiencia que aparecerá en la novela ‘Pasiones’: «La guerra, fiera monstruosa, voraz, insaciable, siempre con las fauces abiertas, se lo tragaba todo. Se necesitaban hombres…, hombres…, más hombres; la victoria había de alzarse sobre un montón de cadáveres». Carmen de Burgos tenía razón. Así fue la victoria: una absurda y dantesca montaña de cadáveres.

Otra mujer estuvo destacada en este frente periodístico relatando lo que ocurría en una Europa que se devoraba a sí misma. Fue la gallega Sofía Casanova que residía en Polonia donde vivía con su marido, un diplomático y noble polaco. Sofía Casanova se implica rápidamente en la guerra dedicándose al cuidado de los heridos en los hospitales del frente y la retaguardia. Así se convierte en enfermera de la Cruz Roja, labor por la que fue condecorada por el zar Nicolás II con la Medalla de Santa Ana. Allí asiste al espectáculo terrible de los soldados que llegan destrozados de la guerra, mutilados por las heridas de las nuevas armas o con el shock de trinchera.

Segundo Sumario
Sofía Casanova atendiendo a los heridos. | Archivo ABC
Casanova comienza así a colaborar con ‘ABC’ enviando estas estampas de la guerra. En sus crónicas no se limita a ser testigo y describir lo que ocurre. Forma parte de lo que cuenta porque cuando escribe sobre el estado de un enfermo es después de haberlo atendido como enfermera. Si algo caracteriza las crónicas de Sofía Casanova en la Gran Guerra, es su reivindicación desesperada del pacifismo.

Muy diferentes fueron las crónicas que escribió para el mismo periódico el gran Julio Camba. En 2012, la editorial sevillana Renacimiento reunió estos textos en el libro ‘Alemania’ junto a otras impresiones que el periodista escribió a raíz de su estancia en el país. Llegó allí en mayo de 1912 cuando colaboraba como corresponsal de ‘La Tribuna’ en París y tras abandonar la capital por algunas crónicas muy críticas que no habían gustado a la colonia española. En Berlín es fichado por ‘ABC’ y comienza a describir el ambiente de preguerra con sus habituales dosis de finísima ironía y humor. «Toda la población alemana es ejército. Unos alemanes van vestidos de militares y otros van vestidos de paisano (…) Yo no comprendo completamente a un alemán más que vestido de militar (…). Se dijera que ha nacido con el casco adherido a la cabeza y que por las noches deja la cabeza y el casco a la puerta de su dormitorio para que el asistente se lo bruña todo con la misma pasta y el mismo cepillo».

Se hacía necesario inventar una nueva enfermedad, una enfermedad que estuviese en relación con el espíritu de los tiempos, y he aquí el origen de la ‘kriegspsychosen’ o locura de la guerra. Esta nueva clase de locura constituye el último adelanto médico y está llamada a tener un éxito formidable. Julio Camba

Sin embargo, tiene que abandonar el país y se traslada a Suiza. Desde Zurich, Lugano y Ginebra va enviando sus crónicas a España. Son textos en los que no falta el humor, a pesar de la realidad cruel de la guerra. «Se hacía necesario inventar una nueva enfermedad, una enfermedad que estuviese en relación con el espíritu de los tiempos, y he aquí el origen de la ‘kriegspsychosen’ o locura de la guerra. Esta nueva clase de locura constituye el último adelanto médico y está llamada a tener un éxito formidable».

Otro escritor destacado en Francia durante la guerra es Alberto Insúa quien sustituyó a José María Salaverría como corresponsal en París. Es curioso revisar sus memorias de guerra, ‘Horas felices. Tiempos crueles’, en las que se mezcla el recuerdo, la anécdota y la reflexión histórica, consciente ya de lo ocurrido después, por ejemplo, la Guerra Civil o la Segunda Guerra Mundial que superaría el infierno de 1914. Insúa escribe sobre aquella lejana guerra siendo ya un hombre sexagenario. «Acudo a mis recuerdos, paso en revista mis artículos, no dejo de consultar algunos libros, y 1917 me parece el año clave de la que fue llamada Gran Guerra, porque los hombres que la sufrieron pensaron que no había habido ni podría haber nunca otra mayor. 1917 fue el año de los imponderables, en el sentido político de la palabra, que viene a significar lo que no pudo suponerse, ni sospecharse, y no figuró, por lo tanto, en las cábalas de las Cancillerías, en los planes de los Estados Mayores, ni en los discursos y peroratas de los Parlamentos. O sea, en la balanza donde se pesa el pro y el el contra de todas las acciones y empresas humanas y cuyo almotacén tiene un nombre muy bello y muy trágico: el Azar».

(*) Eva Díaz Pérez es periodista de EL MUNDO y autora de ‘El sonámbulo de Verdún’ (Destino), ambientada en la Primera Guerra Mundial

El hijo mayor de Stalin murió en un campo de concentración alemán

Durante años los alemanes ignoraron la identidad de su prisionero, a quien su padre, que se negó a canjearlo por Von Paulus, acusaba de cobardía y de traición por haberse entregado al enemigo durante la Batalla de Smolensko.
Yakov Iosifovich Dzhugasvili era el hijo mayor de Stalin, alias de Iosif Vissarionovich Dzhugasvili, y de su primera mujer, Ekaterina Svanidze. Pero, en realidad, padre e hijo apenas tuvieron contacto y ningún afecto, ya que su madre falleció un año después del nacimiento de Yakov y el niño fue trasladado a Tiflis, en donde quedó al cuidado de unos familiares. El futuro dictador soviético siempre mostró un enorme desprecio por ese hijo al que consideraba falto de carácter y de valor.

Con valor o sin él, lo cierto es que Yakov se unió al Ejército Rojo al iniciarse la invasión alemana, llegando a ostentar el grado de teniente en el arma de artillería y tomando parte directa en los combates. Durante la Batalla de Smolensko, en el desarrollo de la ofensiva de la Wehrmacht sobre Moscú, el teniente Dzhugasvili sería uno más de los cientos de miles de combatientes soviéticos que quedaron atrapados en las gigantescas bolsas que en su avance producían las divisiones panzer, siendo trasladado posteriormente al campo de prisioneros de Sachsenhausen, sin que en ningún momento supieran sus captores de quien se trataba.

Stalin, sin embargo, fue pronto informado de la captura de su hijo, lo que no pareció afectarle demasiado, ya que la achacó a su cobardía y exigió que se le aplicaran a su mujer las duras penas que el estado soviético dictaba contra los familiares de quienes se rendían al enemigo, gesto por el que eran considerados traidores. Yulia Meltzer permanecería presa por este motivo durante dos largos años.

En 1943 el teniente Dzhugasvili fue delatado a los alemanes por otro de los presos. Desde ese momento su régimen cambió totalmente y pasó a estar encarcelado junto a altos oficiales británicos, gozando de unas comodidades de las que hasta entonces había carecido. A cambio de ello, fue utilizado por la propaganda germana, que llegó incluso a tomarle fotos vestido con el uniforme de las SS. Pero no consta que cediera nunca a las presiones de sus carceleros para hacer manifestaciones contra el estado comunista. Pocos meses después, Yakov moriría junto a las alambradas del campo de concentración por los disparos de los guardianes germanos. Para algunos testigos, intentaba escapar. Según otras versiones, se trató en realidad de un suicidio.

Poco antes de su muerte, Berlín había propuesto su intercambio por Von Paulus, el mariscal que había rendido al VI Ejército en Stalingrado. Dicen que Stalin contestó que no tenía ningún hijo llamado Yakov, para agregar que además no era un cambio demasiado favorable entregar a un mariscalpor un simple teniente.

Yakov tuvo dos hermanastros, hijos de Stalin con su segunda mujer, Nadezhda Aliluyeva. Vasili, el mayor, moriría alcoholizado en 1962, mientras que la pequeña, Svetlana, la preferida de su padre, abandonó la Unión Soviética en 1967, trasladándose a los Estados Unidos, en donde falleció casi medio siglo más tarde.

La Noche de los Cristales Rotos

Antes del comienzo oficial de la Segunda Guerra Mundial (el 1 de septiembre de 1939), y del exterminio que sufrieron los judíos durante el conflicto, tuvo lugar la chispa que motivó tener a gran parte de Alemania a favor de esta matanza.

En agosto de 1938 el gobierno nazi empezó a ponérselo difícil a la comunidad judía, y canceló el visado de residencia a todos los extranjeros, aunque llevaran décadas viviendo en Alemania. La medida expulsó a 17.000 judíos hasta la frontera de Polonia, donde permanecieron a la intemperie durante semanas porque Polonia se negó a acogerlos.

La familia Grynszpan fue una de las muchas repudiadas, excepto Herschel Grynszpan, que por ese momento residía en París con su tío, por lo que se salvó. En represalia por la medida, el 9 de noviembre de 1938 Herschel disparó en la embajada de París a un diplomático alemán, Ernst von Rath.

La noticia corrió como la pólvora, lo que le vino genial a Hitler para llevar su causa antisemita más allá. En Alemania el suceso no tardó en causar revuelo, y el gobierno se encargó de tratar la noticia como un atentado contra la comunidad alemana.

Esa misma noche el pueblo alemán inició su venganza, impulsada por el gobierno, y se lanzaron a las calles quemando sinagogas, comercios judíos, casas asaltadas…una espiral de violencia sin precedentes. Todos los judíos ya eran culpables. Sólo esa noche, murieron más de 100.

Una investigación reciente del periodista e historiador Armin Fuhrer desveló que la muerte de aquel diplomático alemán pudo evitarse. Probó con documentos y testimonios que tras el atentado su estado era estable en el hospital, hasta que Hitler, en un gesto aparentemente solidario, mandó a su médico personal para que le atendiese, pero casualmente fue entonces cuando su estado empeoró y finalmente falleció. La muerte como un mártir beneficiaba mucho a Hitler, y al parecer, no dejó escapar la ocasión.

Esta terrorífica noche fue bautizada como “La noche de los cristales rotos”, y para muchos fue el inicio del holocausto, que asoló a la comunidad judía durante muchos años.